Caminos del Inca
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La espectacular expansión del imperio Inca jamás hubiera sido posible sin un eficiente sistema de comunicación que se propagara a medida que crecía su territorio y poderío. Es cierto -aunque pocos lo saben- que muchos de los caminos que llamamos incas de manera genérica en la actualidad, fueron construidos por señoríos anteriores a ellos. Sin embargo, nadie puede dudar que los fabulosos caminos que los incas construyeron alcanzaron un grado de ingeniería nunca alcanzado hasta entonces. Ellos trascendieron su propósito utilitario y se convirtieron en verdaderos símbolos de dominio y grandeza sobre los territorios que atravesaban y los pueblos que unían.

Esto se comprueba de manera latente en el Capac Ñan. Ricardo Espinoza, el Caminante, lo recorrió en mucha de su extensión y anotó estas palabras: “sin duda este camino produciría en su tiempo aún mayor temor y respeto que el que hoy nos producen sus enormes vestigios a lo largo de la cordillera de los Andes”.

La habilitación de los 25.000 km de caminos que unían el Cusco con las cuatro esquinas del imperio, que en conjunto se conocía con el término quechua de Capac Ñan, es considerada como uno de los retos de ingeniería más grandiosos de esta parte del globo, y rivaliza en magnitud con el sistema vial erigido por los romanos en el viejo mundo. Algunos de su tramos se desarrollan a alturas superiores a los 5.000 msnm y sirven de vías de conexión entre cuencas o como rutas de acceso a santuario en las montañas.

El cronista español Cieza de León escribió esto sobre ellos: “Dudo que en la memoria de la gente haya registro de otro camino comparable a este, atravesando profundos valles y elevándose sobre altísimas montañas, a través de montones de nieve, pantanos, roca viva y ríos turbulentos”.

Esta gigantesca red de caminos podía llevar a velocidad increíble las noticias de una sequía en los confines del Tahuantinsuyu y traer las provisiones para aplacar el hambre en comarcas lejanas; o alertar de la revuelta de un curacazgo distante y trasladar a los poderosos ejércitos imperiales para sofocarla. Se dice, incluso, que algunos de sus ramales que unían las caletas costeras con los Andes podían permitir el lujo de poner pescado fresco en la mesa del Inca en solo unas horas de haber sido capturado.

Los caminos, sin importar su jerarquía e importancia, así como los tambos y otras instalaciones distribuidas a lo largo de ellos, fueron concebidos como una unidad y evidenciaban un planteamiento estatal a gran escala, mucho mayor en dimensión a todo lo visto hasta entonces. La columna vertebral del sistema estaba compuesta por dos rutas principales: el Capac Ñan o ‘camino principal’ que unía las ciudades de Cusco y Quito (Ecuador) a través de los Andes, y una gran ruta costera que corría paralela al océano. Un sinnúmero de caminos secundarios o laterales conectaban estas dos grandes rutas y lanzaban ramales que se extendían hacia lugares tan distantes como el noroeste argentino y el sur de Chile.

El Capaq Ñan dejó boquiabiertos a los primeros europeos que se internaron en territorio peruano. Ningún otro camino ostentaba tal despliegue de construcción y acabados: terraplenes para vadear bofedales y extensas zonas pantanosas, puentes colgantes construidos con pasto trenzado a mano, fastuosos empedrados y larguísimas escaleras labradas en la piedra madre (una alternativa altamente eficiente al no conocer la rueda) para resolver las pendientes más empinadas.

Su ancho variaba en función a la topografía y su importancia geopolítica para el Imperio. En la escarpada selva nubosa se construyeron rutas de vértigo casi colgando de los acantilados rocosos; en el desierto, donde no llueve nunca, los ingenieros prescindieron de la piedra y desplegaron su red con una anchura de 3 a 10 metros, señalizando sus límites con hileras de rocas o estacas de madera. En los Andes en cambio, al aproximarse a zonas pobladas o agrícolas, los caminos alcanzaban su mayor prestancia: se encausaban entre altos muros de adobe o piedra para evitar que estropeasen los cultivos.