Machu Picchu: El Santuario
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Establecido en enero 1981 sobre una superficie de 35.592 hectáreas, el Santuario Histórico de Machu Picchu es mucho más que un conjunto de sitios arqueológicos enclavados en la abrupta selva nubosa. Su ubicación estratégica, en la vertiente oriental de los Andes y a ambas márgenes del río Urubamba -que corre en esta sección con dirección noroeste-, permite a esta singular unidad de conservación abarcar lo que podría considerarse uno de los transectos altitudinales más extraordinarios del país, y proteger, en sólo unos 20 kilómetros lineales, ecosistemas tan dispares como las nieves eternas, a más de 6.000 m de altura, y las tórridas selvas tropicales, a poco más de 1.700 msnm.

Visto desde el aire, el territorio del Santuario se muestra como un gran libro abierto por la mitad, con el caudaloso río Urubamba discurriendo en su parte central y dos grandes cadenas de montañas que se precipitan hacia ambos lados de un profundo valle cubierto por vegetación tropical. En cada margen del río, los límites de esta área natural protegen de manera integral secciones completas de dos de las subcuencas más importantes de la región: en su extremo norte la Cordillera del Urubamba y, en el sur, la de Vilcabamba. Y con ellas, dos de sus cumbres más importantes: el Wekey Willka o Verónica (5.750 msnm) y el majestuoso Salkantay (6.271 msnm), considerado el Apu o divinidad tutelar de la región. Completan los linderos del Santuario los valles del Cusichaca y Aobamba, al este y oeste, respectivamente.

Ecosistemas, flora y fauna
Los científicos han determinado en su interior hasta diez zonas de vida y dos ecorregiones naturales bien diferenciadas, siendo las más relevantes desde el punto de vista ecológico, los pajonales altoandinos, los bosques enanos de altura y la selva alta o yungas, representada por los bosques de neblina y la ceja de montaña. Esta enorme variedad de pisos ecológicos o hábitats permite, a su vez, la existencia de una asombrosa diversidad de especies de flora y fauna silvestre, adaptadas a la perfección a las condiciones específicas de su entorno.

El mundo natural de Machu Picchu se inicia pues, por encima de los 4.000 msnm, allá donde el viento barre sin cesar las planicies de ichu y donde las rocas se pueblan de líquenes y musgo. Es el territorio del cóndor andino y de la taruka, el mayor y más elusivo de los cérvidos de los Andes; de las juguetonas vizcachas (roedores típicos de las alturas) y del puma o león de la sierra. Una tierra donde las variaciones de temperatura son tan intensas que sólo algunas criaturas logran sobrevivir: sol intenso durante el día y heladas por la noche.

Continuando con nuestro descenso imaginario arribamos a una zona donde los vientos fríos provenientes de las montañas nevadas se unen a las corrientes cálidas que ascienden de la selva para formar un extraño y exuberante mundo en miniatura. Son los bosques enanos, un escenario de árboles retorcidos donde las dimensiones parecen haberse trastocado por capricho de la naturaleza: aquí los árboles son pequeños y los musgos gigantes; los venados alcanzan apenas los 20 centímetros y los picaflores el tamaño de una paloma. Es la tierra de las bromelias y las flores más raras; el hogar del oso andino o ucumari y del tucán de altura.

Algo más abajo, allí donde la humedad reina a lo largo del año y las lluvias son más frecuentes que en ningún otro lugar del país, los bosques de neblina se muestran al visitante de tanto en tanto, sólo cuando el misterioso velo de niebla que los cubre se abre para dar paso a una visión mágica y maravillosa. Este es uno de los ambientes más prolíficos y desconocidos de la naturaleza, un reino de cascadas y seres misteriosos donde los árboles crecen casi colgados de los acantilados, aprovechando el escaso suelo fértil que ellos mismos producen y sujetándose a las grandes rocas de granito que afloran de las montañas. Esta es la tiera del colorido gallito de las rocas -el ave nacional del Perú-, de bandadas de tangaras multicolores, de tucanes esmeralda y quetzales de altura; de tigrillos y coatíes; el reino de los helechos gigantes, las bromelias y las orquídeas, cuyo grupo alcanza aquí hasta 200 especies, destacando entre ellas las espectaculares wakanki (en quechua, ‘llorarás’) y wiñay wayna (‘siempre joven’), cuyas flores han servido para nombrar algunos de los sitios arqueológicos más espectaculares del Camino Inca.

Finalmente, al fondo de los valles y bajo el efecto térmico de los cursos de agua que los recorren, los bosques de la ceja de montaña brindan su calidez y condiciones idales para una enorme variedad de cultivos: coca, achiote, maíz, cacao, café y frutales. Esta fue la despensa de los incas, quienes recurrieron a ella en procura de sus frutos más preciados, y lo continúa siendo hoy para los pobladores afincados en sus dominios. Una tierra de bosques de bambú que florecen después de décadas para morir en masa, como siguiendo un mandato misterioso y extraño; un territorio donde los valles se ensanchan y los ríos aplacan su furia para dar paso a cauces transparentes que lamen de las montañas el limo rico en nutrientes. Este es, que duda cabe, el preludio a los grandes bosques amazónicos.

Conservación y amenazas
Desde el punto de vista ambiental, el principal valor de este Santuario reside en el rol que juegan los exuberantes bosques de sus montañas para el mantenimiento del equilibrio hídrico de la región, captando el agua de las lluvias y conduciéndola -sin causar erosión- hacia el curso del Urubamba. Si estos bosques desaparecieran, se perderían con ellos numerosas especies de flora y fauna únicas y casi desconocidas para la ciencia; pero sobre todo, se iniciaría en el área un irreversible proceso de deterioro ambiental que traería consigo consecuencias devastadoras para el hombre, como la destrucción de las vías de comunicación, la desaparición de zonas de cultivo, inundaciones y deslizamientos de tierra.

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